Ilusionarse
¿Cuánto tiempo es «pronto»? ¿Cuándo tiene sentido perder el sentido?
Qué bonita es la sensación de empezar algo sin saber si terminará como esperas. O incluso sabiendo que no quieres que termine. Una historia que aún no tiene forma, pero que deseas construir poco a poco. Y yo, que a veces dejo que mi imaginación se ponga creativa, la dejo volar. Aunque intento no poner expectativas en la vida real, en mi mente pueden estar pasando mil cosas a la vez. ¿Y si ocurre algo maravilloso? ¿Y si resulta ser una de esas historias que merecen ser contadas? ¿Y si, por fin, tiene un final feliz?
Siempre me ha parecido curioso lo rápido que podemos ilusionarnos. Cómo, de repente, algo que parecía estar dormido dentro de nosotros despierta y se pone en marcha. Más que compararlo con un motor, me gusta pensar en ello como un puzzle. Cuando te ilusionas, solo tienes un par de piezas reales delante de ti, pero tu mente, tan extraordinaria como impredecible, empieza a imaginar todas las que faltan. Completa espacios vacíos. Conecta posibilidades. Dibuja todo tipo de escenarios. Y así es como nacen las historias.
Durante mucho tiempo creí que ilusionarse rápido era algo malo. Todo el mundo me decía que tenía que bajar de la nube y poner los pies en la tierra. Yo no les hacía caso. Pero cuando las caídas llegan desde tan alto, inevitablemente te planteas de nuevo cómo y cuándo volver a subir. Con el tiempo entendí que la ilusión no era el problema. El problema aparece cuando confundimos la historia que construimos en nuestra imaginación con la realidad que aún estamos descubriendo.
Porque una cosa es sentir curiosidad y otra muy distinta creer que ya conocemos el final del libro cuando solo hemos leído la contraportada. Aun así, hay algo bonito en esa capacidad de imaginar, de emocionarse y de pensar que quizá algo que creemos pequeño e insignificante pueda convertirse en algo importante.
Creo que la clave no está en dejar de ilusionarse, sino en permitirte sentir sin llenar esos espacios con expectativas. En disfrutar de lo que pasa sin exigirte llegar a un destino en concreto. Porque quizá el camino no tenga el final que esperabas, pero eso no significa que no haya valido la pena recorrerlo.
Al final, la ilusión también habla de nosotros mismos. De cómo queremos ver el mundo a través de nuestra imaginación. De nuestra capacidad para seguir creyendo en algo que todavía no ha ocurrido. Y aunque nos podamos equivocar construyendo historias, sigue habiendo algo increíblemente maravilloso en ello. Porque, incluso si la historia no llega a tener el final que esperabas, nadie puede quitarte esa sensación de encontrarte ante una página en blanco y pensar que quizá esté a punto de empezar una buena historia.
Entonces, si volvemos al principio, quizá no exista un «pronto» exacto ni un momento correcto para ilusionarse. Quizá lo importante no sea cuándo empieza algo, sino cómo lo vivimos mientras ocurre. Y que «perder el sentido» no tenga por qué ser algo negativo, si significa dejarse llevar por lo que nos emociona y nos inspira.
