El día que decidí volar
Me sentía pequeña.
Hubo un tiempo en el que decía sí a todo. Estaba para todo el mundo, lideraba proyectos, hacía cosas nuevas. La gente que me rodeaba confiaba en mí e incluso me buscaban cuando lo necesitaban. Daba consejos, soluciones, acompañaba y sostenía. Muchas veces cedí mi propio bienestar para que otros pudieran estar bien.
Pero, aun siendo productiva y sintiendo que era una pieza importante de un puzzle, me faltaba algo. Aunque los demás me decían que yo era importante, valiosa y una persona en quien confiar, yo no me sentía suficiente. Y aunque no buscara que hicieran lo mismo por mí, en el fondo me sentía sola. Con esa sensación de que nadie iba a estar cuando realmente lo necesitara.
Vivía con la sensación de estar cumpliendo un papel. Como si lo que yo hacía fuera lo que la gente esperaba de mí, porque yo era así: la buena persona, la que siempre está para todo, la que no le importa, la que da hasta lo que no tiene, la que seguro te dice que sí…
Pero, a pesar de que siempre he hecho todo desde el corazón y de que no me importara hacer ciertos sacrificios por el bienestar de los demás, yo no me sentía realmente libre. Era como si, a pesar de querer y poder volar, algo me sujetara las alas.
Recuerdo el momento exacto en el que todo cambió. Fue en un evento con el Doctor Mario Alonso Puig, en Zaragoza. Un destino que elegí al azar en el mapa. Allí solo bastó que explicara una frase: «Eres más grande de lo que crees», y una imagen: una gallina mirándose en el espejo como un águila.
Ahí entendí que había vivido demasiado tiempo como una gallina, soñando con cosas, pero sintiendo que mis alas no tenían fuerza para alcanzarlas. Cuando, en realidad, dentro de mí habitaba un águila que estaba esperando que sacara mi coraje y mi valentía para elevarse e ir hacia todo aquello que estaba soñando.
A partir de aquel día empecé a tomar decisiones diferentes, esta vez con el corazón. Haciéndole caso a esa pequeña vocecita interior que siempre había mandado a callar por miedo. Diciendo «no» cuando algo no resonaba conmigo, y diciendo «si» sin miedo a lo que pudiera pasar después o a cómo iban a reaccionar los demás.
Elegí caminos, decisiones y situaciones que me hicieran sentir esa libertad que callé durante tanto tiempo. Cosas que me hicieran sentir llena, feliz y viva. Dejé de buscar «aprobación» para empezar a buscar propósitos nuevos que me hicieran sentir yo misma.
Desde ese día, la vida me fue acompañando de la mano, orgullosa de que por fin le hiciera caso. Ese fue el comienzo de un nuevo camino. Un camino hacia una nueva versión de mí. La que no teme volar alto. La que escucha su voz interior. La que suelta lo que ya no es necesario —personas, cosas o situaciones—.
Aprendí a vivir más ligera de cargas, de equipajes y de problemas. Aprendí a confiar en mi visión, a lanzarme a nuevas aventuras y a hacer las cosas, aún con miedo, porque las ganas y la ilusión son más fuertes. Y cuando te apoyas en ellas, el miedo pasa a un segundo plano.
Porque lo que viene después de cruzar esa barrera —el miedo— es lo que te hace entender que el vuelo no comienza cuando extiendes las alas, sino cuando crees que puedes hacerlo.
