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Ocultos

Me pareció tan efímero cada momento a tu lado…

Mi mirada aún esconde lágrimas no derramadas.

Nos escondimos del mundo. No porque quisiéramos, sino por protegernos. No porque fuera lo mejor, sino porque el mundo no estaba preparado para entendernos.

Nos escondimos de la hipocresía, de los prejuicios, del daño que otros pudieran hacernos.

Porque hay amores que no pueden elevar la voz, que no pueden contarse en voz alta. Amores que viven en silencio, en miradas que se entienden sin necesidad de usar palabras. Amores que, aunque el mundo no sea capaz de comprenderlos, existen.

Nos escondimos.

Y no porque nuestro amor no fuera real, sino porque lo era demasiado. A veces, cuando algo brilla con mucha intensidad, puede provocar dos cosas: o asusta, o atrae.

Asusta a quienes no se atreven a sentir tan profundo, a quienes temen mirar de frente lo que podría romperles los esquemas. Y atrae a quienes todavía creen que el amor puede ser algo que lo cambia todo, algo que no necesita explicación.

Y nosotros no queríamos correr riesgos. Queríamos evitar las miradas, los prejuicios, y que, sin querer, lo rompieran todo.

Llegaste a mi vida sin yo esperarlo. Y yo llegué a la tuya para ponerla patas arriba. No lo buscábamos, no lo esperábamos, pero sucedió… así, sin más.

Teníamos vidas diferentes, caminos distintos. Y, aún así, nos encontramos. Como si el universo nos tuviera preparado algo que nosotros desconocíamos.

Yo te enseñé a sentir sin miedo. Tú me enseñaste a mirar la vida desde otro punto de vista. Yo hice que tu corazón volviera a latir con fuerza. Tú le diste motivos al mío para seguir latiendo.

Estar juntos era como si el universo hubiera juntado dos almas que, a pesar de estar completas, estaban un poco rotas. Y juntas, pudieran sanar las heridas que el tiempo no había podido curar.

Nos tocó amarnos a escondidas. Nos tocó mirarnos en secreto, cómplices de este amor prohibido. Donde todos veían una mirada cualquiera, nosotros veíamos un universo entero escondido en el iris de nuestros ojos.

Nos tocó decir «te quiero» entre susurros y abrazarnos con el alma, mientras nuestros cuerpos suplicaban acercarse.

La vida nos unió en el momento adecuado, pero en el más inoportuno. Nuestras realidades no podían cruzarse más allá de lo permitido.

Un amor que cruza los límites del entendimiento. Sin promesas. Ni certezas. Ni un final escrito.

Lo nuestro no necesita nombre, ni forma, ni perdón, ni permiso. Porque lo que sentimos, aunque oculto, es real. Va más allá del tiempo y del espacio. Un amor que no entiende de límites. Un amor eterno.

Y si el alma es la que elige, y no nosotros, déjala que viaje libre. Porque dicen que hay almas destinadas a encontrarse en todas las vidas… Y la mía sé que siempre irá a buscarte.

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