Portales del Alma

El agua caía sobre mi piel, como si quisiera borrar los pensamientos del día. Cerré los ojos un momento, hasta que sentí que algo me golpeaba… Era un pajarito, tan pequeño y frágil, que me dio miedo que se ahogara.

Volaba a mi alrededor, dando trompicones contra mi cuerpo, hasta que pude agarrarlo. Al hacerlo, me fijé en que se había hecho un agujero en la pared derecha de mi baño. Por ahí había entrado. Y, al igual que él, comenzaron a entrar más pajaritos, ardillas del tamaño de un botón y unos extraños seres de color negro, tan blanditos como una nube.

A todos quise devolverlos sanos y salvos por aquel pequeño agujero que, cuando me di cuenta, se había hecho tan grande como una ventana, por la cual podía mirar. Al otro lado pude apreciar un hermoso lago mientras observaba a esos muñequitos negros que, en ese mundo, volvían a caer al agua.

Me quedé mirándolos… hasta que, de repente, cobraron vida. Se giraron a mirarme y dijeron:

—Es ella. Es culpa de ella.
A lo que yo respondí:
—Perdón, no quería hacerles daño, solo salvarlos.

El agujero comenzó a agrandarse de tal manera que parecía una puerta. Del otro lado, todas las criatura me miraban en silencio, como invitándome a entrar.

La curiosidad venció al miedo y, con cautela, bastante despacio, crucé descalza. Al otro lado de ese umbral se sentía paz, tranquilidad. No percibí en ningún momento que quisieran hacerme daño. Más bien, me invitaban a conocer más de su maravilloso mundo. Pero yo quise que conocieran el mío, así que me di la vuelta, volví a casa y los invité a pasar.

El primer ser que cruzó fue un hombre de piel morena y cabellos oscuros, que llevaba atados en una coleta. De cuerpo robusto, pero de corazón noble. Me miraba fijamente con una gran sonrisa mientras se acercaba a mí. Me dio un gran abrazo, con cariño. Como si me envolviera en la paz más profunda.

—Hola —me decía, como si lo hubiera hecho siempre.
—Hola. ¿Nos conocemos de antes? —le pregunté.
—Pues claro, de siempre. De todas las vidas.
—¿Y cómo lo sabes? —volví a decirle.
—Lo sé —respondió—. Siempre he estado aquí.
—¿Y cómo te comunicas conmigo?
—A través de las mariposas.

Me quedé pensativa, como si quisiera recordar todas esas vidas a su lado. Pero no lograba ni siquiera recordar su cara. Cómo me molestaba que reconocieran mi alma antes de yo las de los demás.
¿Quién era? ¿Por qué aparecía ahora? ¿Qué me tenía que enseñar? ¿Qué tenía que aprender?

Detrás de él cruzaron más personas. Yo solo me fijé en tres niñas que venían juntas. Una mujer a la que no podía verle la cara me contaba quiénes eran.
Por lo visto, eran mujeres adultas que, al cruzar al otro lado, se habían transformado en niñas. La mujer me decía cosas bonitas de ellas, mientras estas se reían y se divertían por haber cruzado a mi lado. Una de ellas me recalcaba que tenía un doctorado, pero que no importaba, porque en ese mundo no le iba a hacer falta.

En ese momento levanté la mirada a lo lejos, y apareció de nuevo ese chico de piel morena. Esta vez parecía más desenfadado. Me demostró que no tenía que estar a mi lado para que entendiera que siempre había formado parte de mi vida.

Quizás, solo estaba esperando que lo recordara.

Quizás no había cruzado a otro mundo…
Solo había despertado en el mío.

Deja un comentario